La invención del ataúd de seguridad

Durante siglos no existió ningún método científico que permitiera comprobar si una persona estaba real y definitivamente muerta. No era poco común, entonces, que de modo prematuro se encerrara en un cajón a las personas presuntamente sin vida, e incluso que se las enterrara sin ninguna confirmación.

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El duque Fernando de Brunswick fue un mariscal del siglo XVIII que pasó a la historia porque, al mando de un ejército a las órdenes de Prusia, se dedicaba a idear insólitas tácticas de guerra con las que sorprender y aventajar al enemigo. A pesar de que no contaba con numerosos hombres, supo mantener la victoria sobre los franceses entre 1757 y 1762 sin que pudieran acabar con su poderío. Pero la inteligencia del mariscal se ha destacado por un hecho que si bien fue secundario para su reputación militar, no lo fue para la vida de sus coetáneos. Al duque se le atribuye la primera orden de construir un féretro con una ventana, a través de la cual, cada vez que alguien visitara su lecho de muerte, podría ser posible certificar que quien debía estar allí, descansando en paz, no hubiera despertado.

En su Gabinete de curiosidades médicas, Jan Bondeson, se refiere a los revuelos y peticiones increíbles que entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, provocaba el miedo de ser enterrado vivo. Muchas personas —señala el autor— estaban casi enloquecidas de temor y dejaron legados a sus médicos de familia para que las salvaguardaran de ese horrible destino. La escritora Harriet Martineau dejó a su médico diez guineas para que se encargara de que su cabeza fuera amputada y el anticuario Francis Douce, le legó 200 guineas al cirujano Sir Anthony Carlisle para que se cuidara de que le sacaran el corazón del pecho después de muerto.

No fueron extraños por esos tiempos, los inspectores de muertos. Encargados de intentar despertar a los hombres en cuyos ataúdes se mostrara alguna manifestación mínimamente sospechosa. También fueron comunes las llamadas morgues de espera que, en diversos países y con variados niveles de lujo o de comodidad, consistían en un recinto en el que los muertos se guardaban por una semana y un doctor que hacía rondas nocturnas, se dedicaba a advertir  las primeras muestras de descomposición física, para asegurase de que los cadáveres que observaba, ya no eran capaces de volver a la vida. Aunque por esos años se inventaron todo tipo de aparatos y hasta se probó la introducción de insectos molestos en el ámbito en el que estaban los presuntos muertos para buscar el modo de confirmar su estado, la forma más rápida de conseguir una muerte segura dentro de un ataúd fue la que, alrededor de 1850, se difundió con el nombre de campanario de Bateson. Se trataba de una cuerda unida a las manos del muerto que permitía mover una campana que estaba en el exterior. Si bien su uso era común en los días anteriores al entierro, quienes tenían los medios económicos de prolongar la utilización del mecanismo, intentaban que la soga atada a sus manos, los acompañara una vez que estuvieran bajo tierra.

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Jan Bondeson, cuenta también que entre 1868 y 1925 fueron patentados en Estados Unidos más de 22 inventos de ataúdes de seguridad con todo tipo de artilugios. Uno de los más famosos fue el del conde Karnice Karnicki, chambelán del Zar Nicolás de Rusia, quien en 1897 ideó un tubo que permitía la entrada de aire en el ataúd. Si en el interior había algún movimiento, el mecanismo del aire se activaba pero al mismo tiempo se hacía sonar una campana y saltaba de la superficie de madera del cajón, una bandera que indicaba los signos vitales de la persona que estaba en el interior. Ya en los años 70 el siglo XX, la práctica de mandar a construir ataúdes de seguridad, se convirtió en un lujo extremo. Quienes querían ostentar las posibilidades que les ofrecía la perspectiva de una muerte segura, mandaban agregarles a sus recintos mortuorios confortables almohadas y gavetas en las que poner comida para casos de necesidad.

Si a fines del siglo XVIII era común que los testamentos tuvieran indicaciones especiales, como pedidos de decapitación para evitar todo riesgo de una incierta y desesperante letanía; y si ya desde antes, las epidemias de cólera habían vuelto habituales las prácticas de entierros prematuros, con el propósito de que no se extendiera la enfermedad, la literatura gótica y, posteriormente, el cine, terminaron de convertir la curiosa práctica en algo misterioso y espeluznante.

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