La crisis de los tulipanes

Fenómeno curioso, los holandeses llegaron a poseer flores tras cambiarlas por una casa… La “crisis de los tulipanes” fue un periodo de locura especulativa desatado en los Países Bajos –especialmente en Holanda- durante el siglo XVII. Se trató de una fuerte crisis económica desatada tras la caída de la cotización en bolsa de la flor del tulipán.Jardin de tulipanes

Este fenómeno generado por la exótica flor se conoció como “tulipomanía”. El precio de los bulbos de tulipán escaló de tal manera que se generó una burbuja económica, lo que luego desataría una grave depresión financiera en los Países Bajos.

Si bien resulta un poco extraño pensar que por una flor se haya desatado tal euforia, el prodigio tuvo sus razones. En primer lugar, durante el siglo XVII la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales había obtenido el monopolio de la explotación comercial de Asia y África. Barcos cargados de especias, sedas y objetos muy preciados llegaban hasta Europa, lo que logró un gran florecimiento comercial en los Países Bajos. Por entonces, las flores exóticas eran uno de los símbolos más representativos de prosperidad económica, y un objeto de ostentación para las personas distinguidas.

Los tulipanes provienen originalmente de Turquía. A mediados del siglo XVI, los bulbos se introducen en Europa gracias al embajador austríaco en ese país, Ogier Ghislain de Busbecq. Este era un apasionado de la floricultura y por ello había llevado bulbos de tulipán desde Turquía a Viena. De todas maneras, el introductor de los tulipanes en Holanda fue Carolus Clusius, un eminente botánico a cuyo cuidado estaban los Jardines Imperiales de Viena. Más tarde, Clusius abandonaría su trabajo en los Jardines para ejercer como profesor de botánica en la ciudad de Leiden, Holanda. Entre su equipaje, llevaba un conjunto de bulbos de tulipán que inmediatamente atraparon el interés de alumnos y colegas.

La forma en que se extendió y popularizó el cultivo de la flor es digna de una novela romántica. Se cuenta que el botánico empezó a plantar tulipanes de variedades exóticas, pero los mantenía escondidos, como un secreto celosamente guardado. Sin embargo, una noche alguien entró a su jardín para robar sus bulbos. Luego, rápidamente estos comenzaron a expandirse gracias a que el arenoso suelo de Holanda, cercana al mar, resultó ser muy adecuado para el cultivo del tulipán. Así la planta se volvió conocida; se la apreciaba no sólo por bella sino también por exclusiva, ya que florecía pocas veces al año.

Además de darse con mayor facilidad, los tulipanes holandeses eran diferentes a los de otras regiones: en este país nacían flores multicolores. Por la época se consideró un fenómeno extraño que no se supo explicar, pero hoy se sabe que la anomalía era causada por ciertos pulgones que transmitían un virus a la planta del tulipán. Jardineros, botánicos y horticultores intentaron sin éxito convertir en multicolores las flores de un solo color. Entonces, lo fortuito del resultado contribuyó al alza del precio de los bulbos.

Para darse una idea del costo, para 1620 el ingreso medio anual de una persona eran 150 florines; un bulbo de tulipán podía valer hasta 1000. Diez años más tarde, el precio de las flores se incrementó hasta que los beneficios obtenidos mediante la especulación llegaron al 500%. Incluso, la obsesión por la flor alcanzaría límites extravagantes: todavía se conservan datos de la época que atestiguan la venta de mansiones a cambio de un solo bulbo de tulipán.

En 1636, una epidemia de peste bubónica diezmó a la población en Holanda. La enfermedad hizo que faltara mano de obra para el negocio de los tulipanes, por lo que su precio volvió a aumentar. Se llegó a crear un mercado de futuros manejado con notas de crédito: los comerciantes especulaban sobre bulbos que todavía no se habían recolectado. El fenómeno se llamó “negocio del aire”; como al poco tiempo se prohibió, muchos particulares lo llevaron a cabo en forma clandestina. Así, por la época se desarrolló una suerte de mercado negro, que tenía lugar en tabernas o en recovecos de la calle.

La tulipomanía dio lugar a que mucha gente hipotecase propiedades con tal de adquirir bulbos; al poco tiempo de dispararse el negocio, se produjeron catálogos de ventas y muy pronto la flor entró a cotizar en bolsa. Una curiosa anécdota de la época cuenta que un marinero fue recluido medio año en prisión por haberse comido un tulipán: lo había confundido con una cebolla. Se le dio ese castigo porque el dueño del bulbo, un próspero mercader, había pagado nada menos que 3000 florines por la planta.

Sin embargo, los buenos vientos no seguirían soplando por mucho tiempo más. A principios de febrero de 1637, se vendió un lote de 99 tulipanes por 90000 florines; al otro día se ofreció a la venta medio kilo por 1250 y nadie lo compró. Entonces los precios cayeron en picada: en una palabra, se desató la catástrofe. Todos querían vender pero no había quién comprara. La especulación provocó una verdadera crisis, porque mucha gente se había endeudado para adquirir  flores ahora sin valor. La gran dificultad para cumplir con los términos de los contratos y la histeria colectiva ocasionaron la quiebra de la economía holandesa.

En ese momento, el gobierno intervino y lanzó decretos que consideraban nulos los contratos confeccionados y firmados a partir de noviembre de 1636. Además, postuló que los acuerdos posteriores a esa fecha deberían ser cumplimentados de antemano con el 10% de la cantidad acordada. Sin embargo, las medidas no fueron bien recibidas porque, por una parte, los compradores debían pagar de antemano por algo que ya no tenía valor, y por otra, los vendedores se veían obligados a vender a un precio menor que el estipulado.

Una vez llegado a su fin el fenómeno de los tulipanes, Holanda necesitaría varios años para superar la depresión económica en que la dejó sumida el negocio. Más tarde, un libro de un periodista escocés -“Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes”- recordaría el suceso para la posteridad. Historia casi increíble, nadie hubiera pensado que estaría dispuesto a cambiar sus posesiones por una flor.

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