El color Magenta no existe

El 4 de junio de 1859, cerca de la ciudad de Magenta y en medio de las guerras por la unificación de Italia, Napoleón III, de Francia, derrotó al ejército austríaco para permitir que, según el trato firmado previamente, los italianos recuperaran Piamonte y Cerdeña, y los franceses se quedaran con Saboya y Niza.

La batalla en la que triunfó Napoleón III, fue tan devastadora para los dos ejércitos y tan sangrienta, que dejó el campo teñido de un color rojizo profundo.

Cuando los participantes y observadores de la batalla de 1859, prestaron atención al tinte de la sangre con el que el suelo había quedado impregnado, encontraron un parecido significativo con la irisación de un colorante desarrollado químicamente en 1856.

A partir de ese momento, el clorido carbónico de triaminotrifenil al que, primero, se denominó “malva” y “fucsina”, encontró su nombre: Magenta.

Años antes de esa batalla, las investigaciones sobre sustancias como la anilina y el amoníaco, avanzaban y se difundían rápidamente en distintos países de Europa.

Fue Françoise Emmanuel Verguin, un científico francés, quien en 1856 patentó el descubrimiento de la fucsina. Paralelamente, un químico alemán, August Wilhelm Von Hoffmann en sus investigaciones sobre el alquitrán y la brea de hulla, consiguió separar el benceno, el xileno y el tolueno. Después de ese paso y con las mismas sustancias, uno de sus alumnos, William Henry Perkin, obtuvo una sustancia que al ser derramada, producía sobre el material en el que caía, una mancha imborrable. El resultado fue un colorante de color malva que, en 1858, fue patentado por su descubridor como el primer tinte de anilina artificial derivado del carbón. Inicialmente, se lo denominó púrpura, violeta de anilina y malva de Perkin; luego: magenta.

 

 

Rango del espectro visibile:

 

Sin embargo, más allá de del descubrimiento del pigmento y del origen de su nombre, el color magenta guarda una particularidad; su constitución misma choca con los límites y las posibilidades fisiológicas del ser humano para poder percibirlo. Lo que esconde, por lo tanto es, más bien, de orden filosófico y debe plantearse como el problema de la distancia entre lo que vemos o creemos ver y lo real.

La percepción de un color resulta de una propiedad física de la luz: la longitud de onda. Newton demostró que cuando la luz blanca atraviesa un prisma de cristal, se separa en sus componentes de acuerdo con las seis longitudes de onda diferentes que la integran: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta.

Por otra parte, la retina humana está compuesta por dos tipos de células: los bastones y los conos. Cada uno de estos grupos, está organizado a su vez en tres áreas sensibles capaces de captar, cada una, un solo color del espectro: una el verde, otra el azul y otra el rojo. De modo que la posibilidad de percibir uno de estos colores responde a la excitación producida por la longitud de onda correspondiente. Cuando vemos un color que no coincide con los que las células retinianas captan por una longitud de onda especifica, es porque al mismo tiempo se excitan dos longitudes. Lo que ocurre en el caso del amarillo, por ejemplo, es que se han percibido simultáneamente el rojo y el el color que le sigue en el espectro: el verde.

La particularidad del magenta, lo que lo diferencia, por ejemplo, del amarillo, es que provoca a la vez la detección de dos longitudes de onda que se encuentran en los dos extremos del espectro de la luz, el rojo y el violeta. En este caso, la primera opción para el cerebro sería la de encontrar un color que se encuentre a mitad de camino entre los dos. Pero de acuerdo con ese procedimiento, lo que se obtendría sería verde, y éste no es representativo de la mezcla entre rojo y violeta.

De modo que lo que hace el cerebro es proyectar el color percibido en un sitio que, en realidad, está vacío.

Cuando el magenta aparece ante los ojos, el cerebro nos inventa un color qu e no se corresponde con ningún lugar del espectro visible. A diferencia de todos los otros colores, el magenta no tiene una longitud de onda propia, es decir, no existe. Pero lo vemos y percibimos.

 

 

 

 

 

 

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